sábado, 23 de enero de 2016

Confesiones



Hace unos días empecé a leer "Confesiones" escrito por Agustín de Hipona, es una autobiografía rica en contenido teológico y a la vez podemos ver de cerca a una de las mentes más profundas del cristianismo.

Debo decir que el libro, no es de lectura ligera, sin embargo es una obra recomendable para adentrarnos en el pensamiento agustiniano, el cuál  influyo en gran manera a los teólogos de la Reforma.
Pero, no hablaré del libro, sino más bien de una palabra: confesiones.

¿Te imaginas escribir en un libro tus confesiones? ¿qué escribirías? No me refiero a un diario personal, sino a algo más profundo aún, a escribir tus más íntimos pensamientos, por decirlo así, escribir aquello que solamente Dios sabe. ¿Te atreverías a escribir un libro con tal contenido?

Pero vayamos un paso más adelante, ¿te imaginas que este libro, lo pudieran leer tus amigos, compañeros de trabajo, tu jefe, tu esposa, tu pastor? ¿cuál sería la impresión que ellos tendrían? ¿podrías verlos al rostro con serenidad o tendrías que ocultarte de sus miradas?. Pero si eso, no fuese suficiente ¿te imaginas que todos los que te rodean tuviesen una copia de tu libro?
Sales a caminar o al supermercado, y ahí están un par de personas leyendo tu libro, lo reconoces porque tiene tu fotografía, y su titulo dice: "Confesiones (año 2015)". 

Aceptemoslo, suena un tanto escalofriante y extraño que todos puedan leer lo más profundo de nosotros. Nuestros temores, nuestras dudas, nuestras luchas internas, todo eso lo hemos aprendido a ocultar o disimular con el tiempo, pero ¿podemos escondernos de Dios? Claro que no. 

Dios tiene acceso total a nuestra vida, no hay nada oculto, no hay nada que le sorprenda a Dios de nosotros. Su conocimiento de nosotros es perfecto e incuestionable. Bien dijo el salmista:

"¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?"
Quizá no publiquemos nunca un libro llamado "confesiones", pero si podemos estar seguros que nuestro corazón (pensamientos, inclinaciones y deseos) es conocido perfectamente por el Señor.

Unámonos al salmista en este clamor:

"Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti"