viernes, 31 de julio de 2015

¿Hacia dónde conduce el deseo de querer ser reconocidos como maestros o predicadores?





(Ver 1 Timoteo 1:3-7)

Es una pregunta con mucha relevancia en nuestros días, hoy  muchos se están preparando en seminarios bíblicos, leyendo libros y materiales que les aporten conocimiento para su servicio cristiano como maestros o predicadores.
Pero en medio de tan noble tarea, la historia nos demuestra que muchos han utilizado el conocimiento para un fin ajeno.

Timoteo fue encomendado seriamente por el apóstol Pablo para que frenara la enseñanza de algunos maestros. ¿Por qué, acaso no debían ejercitar el ministerio de la enseñanza? ¿Por qué Pablo no quiere que sigan enseñando? La razón  es que los supuestos maestros estaban enseñando falsa doctrina. Tal doctrina era una mezcla de principios cristianos con mitos e historias judaicas, de tal forma que los cristianos de Éfeso podían verse seriamente afectados. Es más el apóstol Pablo señala que tales enseñanzas provocaban “controversias en vez de llevar adelante la obra de Dios”.

Pero ¿por qué estos maestros se habían desviado de la sana doctrina? ¿Qué les motivo a hacerlo? Pablo nos da un indicio y dice: “Pretenden ser maestros de la ley”.

Ellos a causa de celos o envidia, deseaban ser vistos como eminencias en la enseñanza, querían el reconocimiento y el respeto de sus semejantes. Pero esto no es lo peor, el apóstol Pablo agrega: “pero en realidad no saben de qué hablan ni entienden lo que con tanta seguridad afirman”. ¡Boom!
Que escena más triste y escandalosa: Un maestro enseñando lo que no entiende. Eso me lleva a pensar en una sección del libro de Richard Baxter titulado “El pastor renovado”:
Usted puede predicar acerca de Cristo y sin embargo descuidarlo; usted puede predicar acerca del Espíritu y estar resistiéndole. Usted puede hablar acerca de la fe y permanecer incrédulo; puede enseñar acerca de la conversión y permanecer inconverso. Y usted puede predicar acerca del cielo, mientras que permanece viviendo mundanamente. Usted pudiera ser el predicador más grande del mundo, pero sin la gracia de Dios en su corazón, usted quedará como no salvo. Los predicadores del evangelio serán juzgados por el evangelio. Por lo tanto, tenga cuidado, porque usted tiene un alma que será salva o perdida eternamente.”

Estos maestros habían recurrido a mezclar otros temas ajenos a las Escrituras, para aparentar que poseían un conocimiento más amplio, más revelador (término muy utilizado en estos días).

¿Pero qué con nosotros? ¿Cuáles serían las aplicaciones de este suceso?

Al igual que en el tiempo de Timoteo, hay hombres y mujeres que quieren sobresalir como maestros, predicadores, etc, y lamentablemente muchos de ellos han recurrido a “supuestas” doctrinas cristianas para aparentar que poseen un conocimiento más fresco y revelador. Los casos peores son aquellos, cuando estos supuestos maestros recurren a la idea de que sus enseñanzas han venido por revelación divina. Oímos casos en los cuales, “Dios les reveló cierto principio” o que “Dios les hablo sobre cierto pasaje de las Escrituras, mientras conducían”, en la mayoría de casos estas supuestas revelaciones van en contra del sentido original y exegético del texto.
Recurren a este argumento para mantener un “status quo” de grandes maestros o predicadores.

Por otro lado existe el peligro de enseñar o predicar desviado de la sana doctrina, por pereza intelectual, esto es, poco o nulo esmero en aprender, escudriñar con ahínco las Escrituras. Todos aquellos que enseñan las Escrituras - independientemente de las características de los oyentes – deben ser buenos estudiantes de la palabra de Dios. De no ser así, solo tendremos el “titulo” de maestro o predicador.

El deseo de ser vistos como reconocidos maestros o predicadores, puede conducir a la falsa doctrina.

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15)