martes, 29 de abril de 2014

La moneda NO puede buscar a su dueña.


¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido.
(Lucas 15:8-10)

Es una parábola muy conocida por muchos, pero antes de entrar en el meollo del asunto veamos alguna información acerca de la moneda llamada dracma:

En cuanto al dracma:Dracma: de plata, equivalente al denario, y representaba 6 óbolos, 24 dicalcos o 48 calcos de esta época. Fue la moneda oficial de la época helenística, que en tiempos anteriores al romano cumplió el mismo propósito que el denario romano, pero dejó de acuñarse durante el imperio romano en favor del denario. Equivalía al salario mínimo de un día. 

Por lo tanto, posiblemente aquellos 10 dracmas que la mujer tenía eran ahorros de sus días de trabajo, que seguramente había requerido mucho esfuerzo por parte de ella.
Teniendo en cuenta dicho contexto histórico, veamos el sentido doctrinal.
La moneda que se perdió podría representar al hombre, perdido en sus delitos y pecados. Muerto, sin ninguna esperanza, pecador, ahí están los hombres en condición de destituidos de la gloria de Dios, enemigos de Su Persona.
El hombre no puede y no quiere hacer nada para salir de esa condición. Sus deseos son continuamente hacia el mal. El Apóstol Pablo inspirado por el Espíritu Santo dice: 
No hay justo, ni aun uno;No hay quien entienda,No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. (Rom. 3:10-12)
En ese sentido la moneda no podía buscar a su dueña, el hombre no podía buscar a Dios.
La mujer de la parábola, encendió la luz, barrio la casa y buscó con diligencia.
Es Dios quien toma la iniciativa en la salvación de nuestras almas, es Él quien busca a lo suyos:
Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el día final. (Juan 6:44)No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Juan 15:16a)
Es Él quien busca, es Él quien ha enviado la luz del evangelio, la revelación de Su Hijo, quien vino a buscar y salvar lo que se había perdido.
Por lo tanto,  nadie puede jactarse delante de Él pretendiendo que sus obras le han salvado o que han sido sus esfuerzos que le han hecho parte de la familia de Dios. Nadie puede gloriarse en eso, puesto que es Él quien vivifica al hombre muerto, es Él quien restaura al hombre.
El es quién nos encuentra.

Soli Deo Gloria